sábado, 3 de diciembre de 2011

LA GUERRA DE LOS CULTIVOS TRANSGENICOS


La guerra de los transgénicos.

Es uno de los debates científico-ecológicos más acalorados: transgénicos sí o no. La guerra se presenta larga y dura. Unos los prohíben, otros apuestan por ellos. España, el país europeo donde más maíz ‘trans’ se cultiva, se ha convertido en el gran campo de batalla. ¿Qué está pasando realmente?
Llanuras del Guadalquivir, en los alrededores de Sevilla. Estamos en un pequeño campo de girasoles, organizado en varias parcelas. El polen amarillo se pega a las gotas de sudor. Alguien da unas palmadas y de entre las plantas parten piando decenas de pequeñas aves antes invisibles. Pero no es el único ruido ambiental: de algunas parcelas, cubiertas con finas redes blanquecinas, sale un zumbido constante. Abejas. Abejas obreras trabajando no sólo para su reina, sino para nosotros. Esto es un campo de producción de semillas de Monsanto, compañía líder mundial en el sector agrario y símbolo, también mundial, de la agricultura biotecnológica, la de los cultivos transgénicos, ésos sobre los que se libra desde hace más de una década una auténtica guerra social, económica y científica.

Estados Unidos, Argentina y Brasil son los países con mayor ocupación de estos cultivos ‘formateados’, biotecnológicos Las plantas ‘transgenicas’ son sobre tod osoja y maíz. Y de dos clases: resistentes a plagas y tolerantes a herbicidas ¿Dónde están los cultivos resistentes a la sequía? en 12 años, no han cumplido las expectativas respecto a los pobres Países como Francia, Austria y Alemania prohíben estos cultivos. En España hay 80.000 hectáreas de maíz transgénico.

Cultivos Hibridos
El conflicto atraviesa ahora una fase crucial. En los campos europeos sólo puede crecer un tipo de cultivo transgénico con fines comerciales: el maíz MON810. Su peculiaridad es que Monsanto le ha insertado un gen que lo convierte en venenoso para uno de los enemigos más feroces del maíz, la plaga del taladro. Después de 11 años cultivándose en Europa, el MON810 se enfrenta ahora a su renovación, o no, por parte de las autoridades europeas. La decisión es importante para España, el país europeo donde, con diferencia, más maíz transgénico se cultiva.
La guerra se plantea larga y complicada. Bando uno: los transgénicos serán esenciales para erradicar las hambrunas, aumentando el rendimiento del suelo y logrando además una agricultura sostenible. Bando dos: los transgénicos son tóxicos, destrozan las economías locales y el equilibrio ambiental. ¿Quién tiene razón? Entremos en el laberinto transgénico. Ojalá a la salida podamos decidir si tomar o no lecitina de soja transgénica.
Las abejas siguen con su trabajo: polinizar. Después Monsanto enviará las semillas a todo el planeta. A todo. Aquí nacen gran parte de las semillas de girasol, maíz y algodón que se cultivarán no sólo en Europa, sino también en otros continentes. Cuando en el hemisferio Sur es invierno, semillas de variedades sureñas viajan en avión hasta el Guadalquivir para ser multiplicadas en un clima adecuado, de forma que no se pierde tiempo y se cumple el ideal de toda gran empresa: máxima eficacia.
En otras palabras, esto de las semillas es un gran negocio global. En realidad, hoy en día casi todo lo referente a la agricultura lo es, y no sólo lo que envuelve al boomtransgénico. Boom, sí, porque los cultivos transgénicos han pasado de ocupar 10 millones de hectáreas en seis países en 1997, a 125 millones de hectáreas en 25 países en 2008.
Los girasoles entre los que paseamos no son transgénicos, y sin embargo tienen mucho en común con los cultivos que sí lo son. Para empezar son, lo mismo que los transgénicos, plantas formateadas según las preferencias del agricultor y las condiciones ambientales, algo logrado tras largos años de investigación agronómica. Es decir, se parecen a un girasol salvaje tanto como un caballo de carreras a un mulo de granja. Como consecuencia, las semillas de estos girasoles están protegidas por estrictos derechos de propiedad intelectual, y por supuesto son más caras. Hay que comprarlas para cada siembra porque si se plantan las del año anterior no rinden igual, así que las semillas ni se guardan ni se intercambian con el vecino, prácticas habituales en la agricultura tradicional.

La ‘revolución verde’ fue la primera fase de la globalización de la agricultura; el proceso por el que, a lo largo del último medio siglo y en casi todo el planeta, el campo se fue tecnificando y explotando de forma intensiva. Gracias a ella, el suelo rinde mucho más, y hay más alimentos y más baratos. Pero todo tiene un precio. Una parte se paga en lo que algunos llamarían romanticismo: en esta era en que la fruta llega de los antípodas y hay naranjas todo el año, las entrañables granjitas locales del imaginario urbano quedan a años luz. Pero hay más. Los cultivos intensivos aumentan la contaminación química, la sobreexplotación de acuíferos y la salinidad del suelo. “Estas críticas [a la revolución verde] son válidas”, han escrito en la revista Science Robert E. Evenson y Douglas Gollin. Pero ¿de qué otra forma hubieran alimentado los países en desarrollo a una población en crecimiento explosivo?, se preguntan estos autores, que se basan en un informe del Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional, integrado por los 15 centros principales de investigación pública en cultivos esenciales. Para Evenson y Gollin, “no está claro” que hubiera habido alternativa a la revolución verde.
Los cultivos transgénicos vienen a ser el último capítulo de esta revolución. Un capítulo en el que las posturas sobre el modelo de agricultura a seguir chocan tan violentamente que brotan chispas. Para unos, sólo se podrá alimentar a los 8.000 millones que seremos en 2030 introduciendo los transgénicos, sobre todo teniendo en cuenta que la urbanización y el cambio climático recortarán suelo cultivable. Es más, será precisamente la biotecnología la que logre el ansiado equilibrio entre uso y preservación del medio: el control humano sobre los ecosistemas será tan perfecto que reparará incluso los daños que él mismo provoque. Los antitransgénicos, en cambio, advierten del grave riesgo de multiplicar los daños ambientales y sociales de la revolución verde, para la que sí ven alternativa: justamente, esas granjas locales.
En el primer bando, la mayoría de la comunidad científica y las organizaciones de Naciones Unidas para la alimentación y la salud (la FAO y la OMS). En el otro, las asociaciones ecologistas. ¿Y el público? El Eurobarómetro de 2005 muestra que sólo en siete países europeos, España entre ellos, los que están a favor de los transgénicos superan a los que se oponen. En cualquier caso hay matices, zonas de frontera… y sombras. Se debería poder tomar postura a la luz de datos, como cuánta comida produce cada tipo de agricultura; con qué costes; cuál es su impacto ambiental… Sin embargo, es información difícil de obtener.
La batalla de los datos. A ver, ¿se usan más o menos pesticidas y herbicidas con los transgénicos? ¿Cuánta riqueza generan, y para quién, estos cultivos? La organización ISAAA (Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas) es la más citada a la hora de contabilizar el impacto de los transgénicos, pese a que no ocupa un punto equidistante entre posturas. El ISAAA defiende “el potencial de los cultivos biotecnológicos” y entre sus fuentes de financiación está la propia Monsanto. Según sus datos, los transgénicos han rendido mucho más y a un coste relativo más bajo.
Ese ahorro se debe en gran parte a que las plantas transgénicas necesitarían menos herbicidas y pesticidas. Pero no hay acuerdo al respecto, y no sólo por parte del bando ecologista. En opinión de Pere Puigdomenech, director del Centre de Recerca en Agrigenómica (CSIC) y blanco frecuente de organizaciones antitransgénicos –o sea, nada sospechoso de tener prejuicios contra la biotecnología–, la cuestión “está bastante enredada, ya que es difícil tener datos fiables y globales”.
Las plantas transgénicas actuales son sobre todo de dos clases: resistentes a plagas y tolerantes a herbicidas. En las primeras se ha insertado un gen que produce una toxina contra la plaga del taladro, así que estas plantas sintetizan ellas mismas el veneno contra este gusano que las devora por dentro. En cambio, la ventaja de las plantas tolerantes a herbicidas casi viene a ser la opuesta: el gen extra que se les ha introducido las vuelve indemnes a los productos contra las malas hierbas, de forma que pueden ser tratadas sin temor con grandes cantidades de herbicida.
“La lógica dice que en los cultivos resistentes a insectos se van a usar menos insecticidas, y en los tolerantes a herbicidas, más herbicidas”, explica Puigdomenech. “Si lo juntamos todo se crea confusión, que quizá es lo que se desea. Lo que yo he leído es que efectivamente se reduce el uso de insecticidas cuando se utilizan plantas resistentes a insectos, y esto reduce el riesgo de intoxicaciones de agricultores; también parece haberse incrementado el uso de un herbicida en concreto, el glifosato”.
Los cultivos tolerantes a glifosato –soja, maíz, colza, algodón y alfalfa– ocupan hoy el 63% de los cultivos biotecnológicos del planeta. Es el herbicida considerado menos tóxico. Pero el aumento en su uso está haciendo que proliferen malas hierbas resistentes. El fenómeno de las resistencias es normal en todo tipo de agricultura y se da con cualquier herbicida e insecticida, pero cuando tantas cosec has dependen de un único producto, éste puede perder eficacia.
En Argentina, por ejemplo, el país que ocupa el segundo lugar mundial en cultivos transgénicos tras EE UU y por delante de Brasil, hay una maleza que se ha vuelto resistente y causa estragos en la soja transgénica: el sorgo de alepo. Rosa Binimelis, investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona, presenció “cómo el problema iba creciendo, cómo se usaban cada vez más y más herbicidas para combatir el sorgo de alepo, con los consiguientes costes económicos y sociales”. Ahora se busca introducir nuevos transgénicos tolerantes a más herbicidas, algo que Binimelis desaprueba: “Es matar moscas a cañonazos”.
Pero volvamos a los campos de Monsanto en Sevilla. Hemos dejado atrás los girasoles y nos acercamos al maíz. ¡Por fin, el famoso MON810! El único cultivo transgénico comercial en Europa, y cuyo permiso ahora debe renovarse. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la voz científica oficial al respecto, se pronunció a favor en julio; pero la decisión final no es científica sino política, y corresponde a la Comisión Europea. Deberá decidir en breve.
Las semillas europeas de MON810 se producen en la finca a unos metros de los girasoles. Aquí, entre el maíz, no hay abejas, porque es el viento el que poliniza. Arranca el polen del penacho que corona cada planta de maíz y lo transporta hasta las hebras de la mazorca, ésas que se ven como una especie de cabellera; atrapado el polen, cada hebra se convertirá en un minúsculo conducto hasta un óvulo.
“¿Ve? Son todos iguales, no es que uno tenga cuernos y el otro no… No se distinguen en nada”, explica Olivier Crassous, director de producción de la planta sevillana de semillas. Efectivamente, ni el más experto distinguiría entre un maíz no transgénico destinado a Galicia y su vecino de parcela MON810, preferido por los agricultores del Valle del Ebro. ¿Por qué esas diferencias entre agricultores? En Galicia no hay taladro; pero en el Valle del Ebro esta plaga puede partir la cosecha a la mitad. España es el país europeo donde más MON810 se cultiva: en 2008, 79.300 hectáreas frente a las 8.300 de la República Checa y 7.100 de Rumania. En Francia, Grecia, Hungría, Austria, Alemania y Luxemburgo han optado por prohibir su cultivo; Irlanda sigue por el mismo camino.
Así que estamos en el punto de mira. “España es el principal campo de batalla; todo el mundo se fija en lo que pasa aquí”, dice Binimelis. La parte positiva es que es aquí donde se han hecho los estudios más prolongados sobre coexistencia entre cultivos. Se trata de aclarar si el maíz transgénico se cruza en el campo con el convencional, un fenómeno que la propia UE, para disgusto de los investigadores en transgénicos, llama “contaminación”.
Viajamos a Girona, a la región de Foixá, con Enric Melé y Joaquima Messeguer, del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) y autores de los estudios más importantes sobre coexistencia. Paramos entre dos campos de maíz y ellos sacan su equipo. Trituran un pedacito de hoja de maíz en un pequeño vial con un líquido, en el que sumergen algo parecido a un predictor. El dispositivo responde enseguida: sí, este maíz tiene el gen que produce la toxina contra el taladro. Estos investigadores llevan seis años haciendo esto mismo innumerables veces en las parcelas de Foixá, y han descubierto que basta una separación de unos 20 metros para que no haya cruces por encima del 0,9%, umbral establecido para etiquetar un alimento como transgénico.
¿Hay problemas de convivencia? “Nos ponemos de acuerdo para plantar de forma que la floración no coincida, y nos va bien”, dice Quim Paretas, propietario de un silo donde se secan tanto los maíces transgénicos como los convencionales, excepto el ecológico. ¿Juntos? “Claro. A los agricultores les da igual mezclarlos porque no son para consumo humano, sino para piensos. Todo el maíz se etiqueta como transgénico”. O sea: los animales comen pienso elaborado con transgénicos y etiquetado como tal, pero el consumidor no distingue la carne de un animal alimentado con transgénicos porque la etiqueta de esa carne no lo dice. Así que la pista de los transgénicos –y la posibilidad de que el consumidor los rechace– se pierde en los piensos animales.
A todo esto, ¿son los alimentos elaborados con transgénicos peligrosos para la salud, o no? Lo cierto es que, si sobre el uso de herbicidas o los efectos ambientales el debate científico continúa, en lo referido al efecto de los transgénicos sobre la salud casi no hay discrepancias. No ha habido hasta ahora trabajos científicos publicados en revistas con controles de calidad exigentes que hallen riesgos en los transgénicos hoy en el mercado. Esto, claro, puede cambiar en el futuro, y de hecho la EFSA sigue evaluando posibles nuevas pruebas.
Hay algo que molesta mucho a quienes cultivan transgénicos: que mientras que el único cultivo permitido en Europa es el maíz, sí se permite la entrada y consumo de soja transgénica. “Si podemos importar y consumir soja transgénica, ¿por qué no la podemos cultivar? Sin la soja transgénica la cabaña europea no tendría qué comer”, dice irritado Paretas. La guerra transgénica, en su opinión, se está exagerando: “Cuando digo que cultivo transgénicos me miran como si fuera un delincuente. Cuesta mucho explicarlo”. A él, el maíz transgénico le permite asegurar la cosecha. Sin más.
No en todas partes la convivencia entre agricultores es tan idílica como en Foixá. Los agricultores ecológicos españoles llevan años pidiendo un decreto que regule la separación entre cultivos transgénicos y convencionales. Hace unos meses la plataformaSom lo que sembrem presentó en el parlamento catalán 106.000 firmas en contra de los transgénicos en Cataluña.
La posibilidad de que las plantas transgénicas transfieran sus genes a otras variedades no preocupa sólo a los agricultores ecológicos. También puede convertirse en un problema a gran escala, por ejemplo si afecta a cultivos que dan de comer a cientos de millones de personas. Es el caso del arroz. Dentro de diez años China necesitará un 25% más de arroz para cubrir la demanda de su población, y ha apostado por la biotecnología: está a punto de aprobar la comercialización de arroz transgénico. Ahora bien, ¿qué pasa si este arroz transfiere a una mala hierba la tolerancia a un herbicida, por ejemplo? ¿Cómo combatir entonces esa mala hierba?
Esto se previene siguiendo unas normas básicas en los cultivos, dicen las compañías de semillas. Pero es difícil hacer respetar las reglas en países como India o China, donde la nueva tecnología aterriza sobre la agricultura local como un jumbo en una pista de avionetas. Prueba de ello fue la entrada en el mercado europeo, hace apenas dos años, de arroz transgénico ilegal chino. En Europa saltaron las alarmas sanitarias previstas, pero quedó claro que en China se cultivaban grandes extensiones de arroz transgénico antes incluso de su aprobación en el propio país.
En los laboratorios del IRTA unos platillos albergan minúsculas plantitas de arroz. No es un arroz cualquiera. A principios de esta década Melé y Messeguer participaron en un ambicioso proyecto europeo para producir un arroz resistente a insectos, que efectivamente consiguieron. “Tenía muchas ventajas”, explica Melé, pero “nunca ha salido del laboratorio”. Y es que tropezó con los estrictos requisitos legales –ensayos– que la UE impone a los transgénicos. Una normativa que, para muchos, tiene el curioso efecto de hacer el juego a las multinacionales. “Acaban siendo las únicas capaces de superar la burocracia europea”, comenta Messeguer. Paradoja: lo que los antitransgénicos ven como una barrera de contención ante el avance de las multinacionales, acaba reforzando su poder.
En cualquier caso, ¿qué peligro implica ese poder? ¿No lo tiene todo gran imperio en la economía global? Hay un riesgo: que pervierta las actuaciones de la propia comunidad científica. En 2001 el investigador Ignacio Chapela, de la Universidad de California en Berkeley (EE UU), publicó en Nature que las variedades autóctonas de maíz en México estaban contaminadas con maíz transgénico, lo que ponía en peligro la biodiversidad de esta especie. El trabajo fue criticado con una saña muy poco corriente. La periodista francesa Marie Monique Robin cuenta en su libro El mundo según Monsanto que la polémica fue espoleada por una empresa de marketing contratada por esta compañía.
Hay una crítica a los cultivos transgénicos difícil de rebatir: en sus doce años de existencia no han cumplido las expectativas respecto al mundo pobre. La tecnología se extiende cada vez a más países y no todos ricos, sí; pero ¿dónde están los cultivos resistentes a la sequía y la salinidad? ¿O los enriquecidos con nutrientes específicos? Las empresas aseguran que todo llegará. Pero “excepto algunas iniciativas aisladas, no hay programas importantes que aborden los problemas fundamentales de las personas pobres o que se centren en los cultivos y animales de los que éstas dependen”, dice el informe de la FAO Biotecnología agrícola: ¿una respuesta a las necesidades de los pobres?
Hasta ahora el avance transgénico se ha guiado más por intereses comerciales que por esa vieja promesa de combatir el hambre en el mundo. ¿Nos creemos, o no, que efectivamente son la mejor salida posible para un futuro difícil?

Honduras: NO a los transgenicos


Pronunciamiento de Tegucigalpa: NO a la introducción de transgénicos en Honduras.

Hacemos un llamado a las organizaciones sociales y ciudadanas del país que defienden la biodiversidad, protegen el medioambiente y la salud, para que unamos esfuerzos y no permitamos que los transgénicos pongan en peligro nuestra soberanía alimentaria. ¡Las Semillas Criollas son Alimentación Sana y sin Riesgos! Protejámoslas y defendámoslas.

PRONUNCIAMIENTO
Conmemorando el 15 de marzo de 1985 día en que la Organización de las Naciones Unidas lo declaró como el Día Internacional de los Derechos de los Consumidores.

Organizaciones de la sociedad civil nos hemos reunido en esta mañana para dedicar este día a la Lucha contra los Organismos Genéticamente Modificados o Transgénicos y realizar así una campaña de información sobre los terribles daños que estos ocasionan a la salud, el medioambiente y la economía de nuestro país.

Los organismos genéticamente modificados o transgénicos son introducidos a nuestro país en forma de alimentos procesados, granos y semillas sin que el gobierno haya realizado previamente una investigación confiable sobre la seguridad de estos alimentos o de este tipo de cultivos.

Investigaciones recientes realizadas por El Consejo Coordinador de Organizaciones Campesinas de Honduras demuestran la presencia de cultivos de maíz transgénico en Honduras sin que la las autoridades de gobierno se hayan preocupado previamente por evaluar los riesgos que estos ocasionan al medioambiente, la economía de los campesinos y el peligro de dañar la soberanía alimentaria de nuestro pueblo.

Otro hecho alarmante son los resultados de la investigación de la Alianza Centroamericana de Protección a la Biodiversidad en la que se demuestra la introducción de alimentos transgenicos en la ayuda alimentaria de la merienda escolar de Centroamérica. Demostrando así que para paliar el hambre se donan alimentos que aun no han sido aprobados para consumo humano en otros países. En Guatemala la Alianza encontró maíz Starlink en una donación para la merienda escolar. Este maíz fue prohibido para consumo humano desde el año 2000 por la FDA de los Estados Unidos, convirtiéndose en la primera variedad no autorizada para consumo humano.

Todas las organizaciones aquí presentes nos oponemos completamente a la introducción de Organismos Genéticamente Modificados o transgénicos en Honduras por las siguientes razones:

1. Se viola el principio precautorio de la ciencia en el que se establece que ninguna actividad de experimentación debe poner en riesgo la salud humana y el medioambiente.
2.Cuando se produce un error genético en el laboratorio, es imposible corregirlo y controlarlo totalmente. Ya que se descubre que las plantas están en los cultivos y ya han contaminado con su material genético otras plantas poniendo en riesgo nuestra biodiversidad.
3.Para la modificación genética se utilizan virus que se insertan en el código genético de la planta que quieren manipular. ¿Quién nos garantiza que estos virus introducidos dentro de los alimentos no pueden dañar la salud?4.Se pone en riesgo las especies criollas y la biodiversidad en su totalidad ya que los cultivos transgenicos contaminan genéticamente las plantas no transgénicas.
5.Corremos el riesgo de convertir a nuestros agricultores, productores pequeños e indígenas completamente dependientes de las grandes compañías productoras de semilla transgénica, ya que al perder las semillas criollas, estarían obligados a la compra permanente de semillas transgénicas a empresas transnacionales que han patentizado sus derechos de propiedad intelectual.
6.Las plantas transgenicos producen substancias nuevas que alteran el equilibrio natural de los ecosistemas, arriesgando así el medioambiente y la salud humana.
7.Las plantas transgénicas aumentan el uso de herbicidas y plaguicidas lo que deteriora aun mas el medioambiente y la salud.
8.La semilla transgénica nos lleva inevitablemente a la pérdida del control de los medios de productivos de alimentos por nuestros indígenas y campesinos, sumergiéndolos aun más en la miseria ya que pierden su soberanía alimentaria.

Por todo lo anterior demandamos al gobierno de Honduras:

· Moratoria a la importación de transgénicos ya sea en forma de semilla o granos, y también como alimentos procesados.

· Asegurar los derechos de los campesinos e indígenas para sembrar y conservar las semillas criollas evitando los cultivos transgénicos en nuestro suelo.
· Promover y apoyar la investigación de alternativas agroecológicas para el control de plagas y fertilización de suelos.
· Aplicar el principio precautorio de la ciencia ante toda actividad de carácter experimental que se quiera realizar en nuestro territorio.
· Hacer investigaciones independientes de influencias comerciales y políticas, sobre los impactos de transgénicos a la agricultura, la salud, el medioambiente, y la economía de los campesinos e indígenas.

Hacemos un llamado a las organizaciones sociales y ciudadanas del país que defienden la biodiversidad, protegen el medioambiente y la salud, para que unamos esfuerzos y no permitamos que los transgénicos pongan en peligro nuestra soberanía alimentaria.

¡Las Semillas Criollas son Alimentación Sana y sin Riesgos!Protejámoslas y defendámoslas
Red hondureña Contra Agrotóxicos Y TransgénicosREHCAT
Comité Hondureño de Acción por La Paz COHAPAZ
Movimiento Madre Tierra
Alianza Centroamericana de Protección de la Biodiversidad
Comité de defensa de Los consumidores CODECO
Consejo Coordinador de Organizaciones campesinas de Honduras COCOH

Honduras: Cultivo de transgénicos amenaza la soberanía alimentaria.

La seguridad alimentaria en Honduras se ve amenazada por el cultivo de productos transgénicos. En los últimos años los grandes agricultores han mostrado interés en el cultivo de granos básicos, no con el fin de alimentar a la población, sino para la producción de biocombustibles.
Solo en el año pasado en Honduras se produjeron once millones de quintales de maíz transgénico, no apto para el consumo humano. Sin embargo, la población hondureña igual que a la de muchos países del mundo, experimenta severa crisis derivada de los problemas del hambre, la desnutrición y la inseguridad alimentaria.
Como efectos de las reformas económicas orientadas a la liberalización de los mercados y la apertura comercial, a partir de marzo de 1992 con la aprobación de la Ley para la Modernización y Desarrollo del Sector Agrícola, la producción de alimentos fue relegada y el gobierno priorizó el cultivo de productos no tradicionales con fines de exportación.
Renan Valdéz, sociólogo dedicado a la educación popular expresa que la seguridad y soberanía alimentaria se perjudicó desde que el gobierno se olvidó de la producción en el campo para dedicarse a la importación masiva de alimentos.
Informó Valdéz, que solo en el 2001 el gobierno importó alrededor de 5 millones de quintales de granos básicos, fundamentalmente maíz y frijoles, “productos genéticamente alterados que se introdujeron al país sin tomar en cuenta los problemas de salud que podían ocasionar”, destacó.
En la actualidad el mundo experimenta crisis derivada del incremento en los precios de los principales productos agrícolas como el trigo, el maíz y arroz, situación que trata de enfrentar el gobierno a través de políticas destinadas a la dotación de recursos mínimos para la producción d alimentos.
La política gubernamental incluye la dotación de agroquímicos que se convierten en un atentado contra la vida, porque los fertilizantes aumentan en 320 % la alteración del clima, provocando erosión y poca fertilidad en la tierra. “y en el futuro la población tendrá menores posibilidades de alimentos porque la soberanía alimentaria está relacionada con la capacidad adquisitiva de la gente” afirmó el sociólogo.
El incremento en el costo de los combustibles registrado en los últimos meses ha provocado el encarecimiento de los productos de la canasta básica familiar y la agudización de la pobreza. Esta situación impide que los hondureños puedan mejorar sus condiciones de vida a través de educación, salud y vivienda digna.
Honduras requiere de la implementación de un verdadero proceso de reforma agraria integral a fin de incorporar plenamente a los productores para el mercado interno. La política también debe incluir la creación una nueva institucionalidad que permita enfrentar la crisis.
Reprueba Greenpeace cultivos transgénicos

Grupos ambientalistas colocan enorme manta para rechazar la incorporación de maíz genéticamente modificado al agro estatal.
Gobierno otorgó 19 permisos

Pide a Chihuahua moratoria para su siembra


De la Redacción

Chihuahua, Chihuahua.- La organización ambientalista Greenpeace reprueba los cultivos transgénicos en el estado de Chihuahua y exigió frenar esta práctica al Poder Legislativo a fin de mantener el maíz del estado tanto nativo como convencional.

Después de que se llevó a cabo en el Congreso del Estado el foro Transgénicos: Impactos en los Mercados, el Medio Ambiente y la Alimentación, once activistas colgaron una manta de 26 metros de ancho por nueve de alto, con el mensaje "Por un maíz libre de transgénicos", a fin de hacer saber a los legisladores y al Gobierno del Estado su desacuerdo y para que éstos no puedan dejar de ver este mensaje.

Aleira Lara, coordinadora de la campaña de agricultura sustentable y transgénicos de Greenpeace, expresó que "hasta ahora los tomadores de decisiones únicamente han escuchado las demandas de las empresas transnacionales que promueven el uso de sus semillas transgénicas como: Monsanto, Pioneer, Syngenta y Down Agroscience y han ignorado a los expertos que se oponen a la tecnología de los transgénicos".

El Gobierno del Estado, desde el 2009 ha dado 19 permisos de siembra experimental de maíz genéticamente modificado en los municipios de Delicias, Cuauhtémoc, Ahumada, Buenaventura, Temósachic, Namiquipa y Guerrero.

Los miembros de Greenpeace indicaron que si el Gobierno del Estado quiere seguir siendo reconocido en cuanto a la siembra de maíz, es necesario que se solicite una moratoria en el mercado nacional, pues cada vez más consumidores, tanto mexicanos como extranjeros, rechazan insumos transgénicos o contaminados por éstos.

Y cabe destacar que al incrementar el número de hectáreas sembradas con este maíz, mayor es el riesgo de que la producción del estado se contamine con el flujo genético.

Lara indicó que el Gobierno de Chihuahua tiene en sus manos la protección de 23 de las 59 razas de maíz que existen en el país, por lo que es urgente la reinstalación de la moratoria a la siembra de maíz transgénico.

                          Cultivos Transgénicos

La seguridad de los cultivos transgénicos, no sólo no está comprobada científicamente, sino que existen pruebas de daños ambientales y para la salud.
tado de Maastrich, en circunstancias en las que existe el riesgo de producir un daño irreparable, la seguridad no debe estar basada ni en presunciones ni en vagas suposiciones.
Este compromiso no se cumple referente a los organismos manipulados genéticamente (cultivos transgénicos), pues su seguridad no sólo no está comprobada científicamente, sino que además existen constataciones de daños ambientales y para la salud de los cultivos transgénicos.
Sin embargo, la complicidad entre los gobiernos y la industria de la biotecnología sigue haciendo posible que los OMGs sigan comercializándose libremente bajo el amparo de la ley, puesto que previamente a su comercialización ya se habían eliminado las evaluaciones de riesgo en la autorización de muchos productos transgénicos.

Plantas como fábricas farmacéuticas

Los planes ambiciosos de manipular genéticamente (cultivos transgénicos) ciertas plantas para utilizarlas como fábricas farmacéuticas para la producción de productos químicos y fármacos es una perspectiva tremendamente inquietante.
Los animales que se alimentan de forraje, los pájaros que comen semillas y los insectos del suelo estarán expuestos por primera vez a una variedad de drogas, vacunas, enzimas industriales, plásticos y cientos de otras sustancias extrañas manipuladas genéticamente, con consecuencias imprevisibles.
Y ellos mismos se convertirán en portadores de cientos de OMGs, que acabarán llegando al ser humano, último eslabón de la cadena trófica, probablemente ya no en su forma original sino después de haber sufrido mutaciones y recombinaciones genéticas (cultivos transgénicos), sin posibilidad, por tanto, de poder ser reconocidos.
Estamos ante la creación artificial de multitud de nuevas formas de vida, cuyo comportamiento nos es del todo desconocido. Estas nuevas creaciones genéticas artificiales nunca han formado parte de los alimentos consumidos por el hombre y sus consecuencias para la salud, el medio ambiente e incluso de nuestro sistema agrícola son difícilmente imaginables desde la perspectiva actual.

Las compañías de seguros se desentienden

La industria de los seguros hizo saber hace varios años que no aseguraría la liberación al ambiente de organismos manipulados genéticamente contra la posibilidad de daño ambiental catastrófico a "largo plazo", porque la industria carece de una ciencia de evaluación de riesgo ecología predictiva con la cual juzgar el riesgo de determinada introducción.
Dicho de otra manera, las compañías aseguradoras no están dispuestas a asumir las consecuencias de una administración que aduce regular una tecnología sin tener conocimientos científicos claros de cómo interactúan los OMGs una vez introducidos en el medio ambiente.
La pregunta es, pues, ¿Quién será el responsable de la contaminación genética producida por la introducción de una planta transgénica? ¿Y de las repercusiones en todas las formas de vida, incluido el ser humano? ¿Las compañías biotecnológicas? ¿Los gobiernos?

Concluyendo

No estamos en contra de la ciencia ni del progreso, siempre y cuando éstos no engendren un peligro para la vida.
Conocer los genes es desde luego un gran adelanto para la ciencia. Nadie puede negar, por ejemplo, el buen uso que puede hacer la medicina para predecir y prevenir enfermedades. El peligro empieza cuando el conocimiento biotecnológico se queda en manos y bajo el control de las industrias para usos comerciales, sin tener en cuenta la repercusión que ello pueda tener en la salud ni el medio ambiente.
Puede que el más escalofriante de los genocidios perpetrados en la historia de la humanidad, quede como algo anecdótico comparado con lo que se está engendrando a escala mundial, como consecuencia de la explotación industrial de la biotecnología.
El propio Renato Dulbecco, premio Nobel de Medicina e investigador del proyecto "Genoma Humano" ha declarado: "No tenemos la menor idea de lo que puede ocurrir con los organismos manipulados genéticamente".